CASO 01 · 2025 → hoy

El CRM que dirige mi academia sin mí

Dos semanas operando sola mientras yo formaba entrenadores en Rusia.

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MÉTRICAS VERIFICADAS

alumnos gestionados
+200
cobros automáticos
cada mes
idiomas
ES · EN
tiempo de respuesta
minutos

El problema

En 2025 la academia ya funcionaba. Yo no.

Salía de ocho horas de oficina y entraba en pista de 17:30 a 21:30. Los cobros se perseguían por WhatsApp. Las renovaciones vivían en mi cabeza. Cada alta nueva costaba veinte minutos de mensajes. Cada impago era una conversación incómoda a deshora.

Una academia se puede dirigir con el móvil en la mano. Lo hice durante años. Ese modelo tiene un techo y el techo era yo. Si yo paraba, el negocio paraba conmigo.

Quería otra cosa. Un negocio que cobra, avisa, responde y vende aunque yo esté dando clase o fuera de la ciudad.

Busqué un CRM que entendiera una academia de verdad. Grupos de máximo cuatro jugadores. Bonos. Renovaciones mensuales. Recuperaciones de clase. Alumnos internacionales que vienen una semana y entrenan dos veces al día. No lo encontré. Lo construí.

El sistema

Catorce meses construyéndolo yo solo, a ratos libres entre clases. El resultado es un único sitio donde conviven la web de la academia, la ficha de cada alumno, los cobros y la facturación. Nada de herramientas sueltas pegadas con celo. Los detalles de por dentro no son la parte interesante. La parte interesante es lo que dejó de depender de mí.

Cada alumno interesado avanza solo por un proceso de varios pasos, desde el primer mensaje hasta la matrícula, con una nota que dice cuánto interés real hay detrás y qué toca hacer a continuación. La bandeja de WhatsApp vive dentro del mismo panel, con el historial completo de cada contacto. El panel también lleva la contabilidad y la facturación, céntimo a céntimo, para que no se pierda nada.

Un asistente atiende WhatsApp por su cuenta. Resuelve dudas, propone horarios y prepara matrículas. La regla importante va después. No envía nada sin permiso: cada respuesta pasa antes por una aprobación mía en Telegram y la reviso desde el móvil en diez segundos.

Los pagos llevan una firma de seguridad que no se puede falsificar. Si algo falla a mitad de un cobro, el sistema no improvisa: se detiene y avisa antes de duplicar o perder nada. Entrar al panel exige dos pasos de verificación.

La protección de datos de los alumnos no depende de mi memoria. El propio sistema borra lo que toca cuando toca y deja constancia. Otras tareas automáticas se encargan de los recordatorios de clase, los cobros, la persecución de impagos y la sincronización con el calendario.

La prueba de fuego llegó en julio de 2026. Tres camps en Rusia y un curso a 17 entrenadores con traducción en tiempo real. Dos semanas fuera. La academia siguió cobrando, recordando y respondiendo sin mí. En septiembre la temporada 2026-27 arrancó con dos sedes, sin que yo tuviera que estar delante.

Lo que salió mal

Por dentro hay un detalle de diseño que se llama gold. Es verde. El verde de la marca acabó etiquetado con el nombre equivocado, y corregirlo nunca fue urgente. Sigue así, apuntado como pendiente. Cada vez que lo veo me acuerdo de que la perfección no factura.

Durante un tiempo, la documentación interna del proyecto mentía. Se quedó vieja, decidí no mantenerla al día y la verdad se mudó a otro sitio que sí se actualiza. Trabajando solo, sostener dos versiones de la misma verdad era la mentira más cara de todas.

Los primeros avisos automáticos de pago fallaban en silencio. Un reintento podía duplicar un cobro. Un corte de conexión podía dejarlo a medias. Hoy el sistema no sigue adelante si algo no cuadra: se para y avisa en vez de arriesgarse con datos dudosos. Aprendí a base de sustos a desconfiar de todo lo que llega desde fuera.

Y el bot. La primera versión sonaba a máquina y ofrecía cosas que no tocaban. La puerta de aprobación por Telegram no estaba en el plan original. Fue la corrección. Perdí la automatización total y gané algo mejor. Ningún mensaje sale con mi nombre sin pasar por mis ojos.

El CRM dirige la operación del día a día. Yo dirijo el método. Ese reparto es el producto.

¿Tu negocio necesita algo así?